12 ª Semana = Visita al pediatra
Mi querida Marta:
Esta semana y después de dos meses de no necesitar ningún médico hemos ido por fin al pediatra.
El camino hacia un pediatra normalmente es fácil, pero por estas tierras la cosa fue de máster. Primero, tuvimos que hacerte una foto en un fotomatón en plena nevada. Segundo, conseguir un permiso de residencia. Tercero, darte de alta en un seguro médico en el que los formularios además de estar en lengua extranjera, tenían más cláusulas que el peor de todos los contratos. Cuarto, llamar a una consulta que nos habían recomendado, he intentar entender a una enfermera que hablaba dialecto. Quinto, llegar a tiempo al pediatra, después de darte el pecho, vestirte, vestirme yo, desayunar, enfundarte en tu mono de ski, cubrirte de mantas, coger el cochecito, cargarlo en el ascensor, desmontar el cochecito, bajar las escaleras contigo a cuestas, salir a la calle, ponerte el gorro (antes imposible= me matas de los gritos), ponerte los guantes, ponerme yo el gorro, ponerme yo los guantes y salir corriendo porque llegábamos tarde. Y sexto y último, desmontar el carrito y cargarte por las escaleras del pediatra. ¡Toda una odisea pero lo conseguimos!.
Una vez allí, nos encontramos en una consulta chulísima, llena de cunas y de juguetes para niños de todas las edades. La enfermera, una mujer estupenda y con una mirada de paz absoluta, nos llevó al despacho del pediatra, un lugar muy agradable. Ella misma te pesó y te midió, y ya me hizo el comentario de lo "hermosa que estabas". Luego llego el pediatra, IMPRESIONANTE, unos 50 años, pelo blanco, delgadito, vestido muy sport camiseta y pantalón negro, y un poquito amanerado. Un enamorado de Barcelona que a la que descubrió nuestros orígenes todavía se encariñó más contigo. Te cogió en sus brazos como nunca he visto a ningún pediatra, te oscultó el corazón, te hizo una ecografía de caderas y riñones, y empezó a hablar contigo de la forma más dulce que haya visto jamás. Luego estuvimos hablando de tus hábitos alimenticios, esto es, de que sigas comiendo cada 3 horas, y no cada 4 como tocaría, y al final vino a decirme, que lo importante era tu felicidad, y que se te veía tremendamente feliz (y FUERTE) así que lo mejor era dejarnos llevar y esperar a que tu dejases de necesitar el comer cada 3 horas. Luego te puso tu primera vacuna, me parece que en cuanto ví la aguja, me puse más nerviosa yo que tu. Tú mirando al tiarrón ese que te tenía entre sus brazos, y yo temiendo el berrido que ibas a pegar, que pa colmo me había dejado el CHUPETE en casa y me veía sola ante el peligro. El resultado: NADA, te pinchó y tu hiciste, ¡hay!, eso es todo. Al salir de la consulta les pedí un cuartito para volverte a dar el pecho, y tu toda tranquilota, te cogiste perfectamente y te quedaste dormidita mientras comías.
Yo tenía entendido que los bebés lloraban en las consultas de los pediatras, ¡será qué éste era mágico o que tu eres STUPENDA!.
Besitos de habichuela,
Te quiere tu mami
Esta semana y después de dos meses de no necesitar ningún médico hemos ido por fin al pediatra.
El camino hacia un pediatra normalmente es fácil, pero por estas tierras la cosa fue de máster. Primero, tuvimos que hacerte una foto en un fotomatón en plena nevada. Segundo, conseguir un permiso de residencia. Tercero, darte de alta en un seguro médico en el que los formularios además de estar en lengua extranjera, tenían más cláusulas que el peor de todos los contratos. Cuarto, llamar a una consulta que nos habían recomendado, he intentar entender a una enfermera que hablaba dialecto. Quinto, llegar a tiempo al pediatra, después de darte el pecho, vestirte, vestirme yo, desayunar, enfundarte en tu mono de ski, cubrirte de mantas, coger el cochecito, cargarlo en el ascensor, desmontar el cochecito, bajar las escaleras contigo a cuestas, salir a la calle, ponerte el gorro (antes imposible= me matas de los gritos), ponerte los guantes, ponerme yo el gorro, ponerme yo los guantes y salir corriendo porque llegábamos tarde. Y sexto y último, desmontar el carrito y cargarte por las escaleras del pediatra. ¡Toda una odisea pero lo conseguimos!.
Una vez allí, nos encontramos en una consulta chulísima, llena de cunas y de juguetes para niños de todas las edades. La enfermera, una mujer estupenda y con una mirada de paz absoluta, nos llevó al despacho del pediatra, un lugar muy agradable. Ella misma te pesó y te midió, y ya me hizo el comentario de lo "hermosa que estabas". Luego llego el pediatra, IMPRESIONANTE, unos 50 años, pelo blanco, delgadito, vestido muy sport camiseta y pantalón negro, y un poquito amanerado. Un enamorado de Barcelona que a la que descubrió nuestros orígenes todavía se encariñó más contigo. Te cogió en sus brazos como nunca he visto a ningún pediatra, te oscultó el corazón, te hizo una ecografía de caderas y riñones, y empezó a hablar contigo de la forma más dulce que haya visto jamás. Luego estuvimos hablando de tus hábitos alimenticios, esto es, de que sigas comiendo cada 3 horas, y no cada 4 como tocaría, y al final vino a decirme, que lo importante era tu felicidad, y que se te veía tremendamente feliz (y FUERTE) así que lo mejor era dejarnos llevar y esperar a que tu dejases de necesitar el comer cada 3 horas. Luego te puso tu primera vacuna, me parece que en cuanto ví la aguja, me puse más nerviosa yo que tu. Tú mirando al tiarrón ese que te tenía entre sus brazos, y yo temiendo el berrido que ibas a pegar, que pa colmo me había dejado el CHUPETE en casa y me veía sola ante el peligro. El resultado: NADA, te pinchó y tu hiciste, ¡hay!, eso es todo. Al salir de la consulta les pedí un cuartito para volverte a dar el pecho, y tu toda tranquilota, te cogiste perfectamente y te quedaste dormidita mientras comías.
Yo tenía entendido que los bebés lloraban en las consultas de los pediatras, ¡será qué éste era mágico o que tu eres STUPENDA!.
Besitos de habichuela,
Te quiere tu mami

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